Vecinos

Ubicado en Chechenia 

De Said Khamzat Nunuev

Lisa Enghelhardt, age 14
Artur Umarov, age 14 pencil

A Saipudin nunca le había caído bien Svetlana Viktorovna, la maestra. De encontrarse al azar en la caja de las escaleras o la calle, no hacían más que compartirse un saludo educado. 

“No le caemos nosotros, los chechenos,” decía Saipudin muchas veces. “Vive durante toda su vida entre nosotros pero no se ajusta a nuestra forma de vida. Durante los 10 años cumplidos no viene a tocarnos la puerta ni una sola vez. No nos ha pedido ni sal ni fósforos ni un martillo. ¿Por qué no? Nosotros, los chechenos, hacemos vida en común como una familia. Pero ella parece una extraña. Tal vez no se siente en casa.” 

Nadie lo hubiera podido concebir jamás, ni jamás anticiparlo. Ni soñarlo siquiera.

Hasta después de aparecer cientos de tanques en las calles de Grozny, no hubiera podido nadie imaginar que una ciudad multinacional acabara transformada en polvo.  

Mientras corría por la ciudad que estaba siendo bombardeada, Saipudin no buscaba exponerse a ningún otro riesgo. Se refugió en el sótano de su casa acompañado de su esposa Malika, su hijo Ali, de 16 años y su hija Prinesla de tres. Otros vecinos acudieron a estar con ellos. Alguien improvisó, con ladrillos rojos, una estufa. Cortaban madera y hacían té y sopa. Todos pensaban que la guerra acabaría pronto. Luego, podrían volver a sus apartamentos que seguían sin saquear y libres de daño. El bloque de cinco pisos que habitaban quedaba muy apartado del distrito donde la batalla proseguía con furia. No había sufrido más daños de los que resultan de las balas perdidas, los proyectiles y fragmentos de metralla.    

Las cosas comenzaban a ponerse mejor. El que fuera valiente, podría salir nuevamente a coger agua. Alguien dijo que de un momento a otro iban a empezar a distribuir provisiones de socorro. La gente comenzaba a esperar que de veras había pasado lo peor. 

Luego, un atardecer, alguien que venía de la calle informó que Fuerzas Especiales comenzaban una llamada ‘operación de limpieza.’ Andaban cazando a los chechenos e ingusetios, nativos de la vecina República de Ingusetia. “Es imposible. Meramente un rumor, nada más que información infundida. No lo creo,” dijo Saipudin muy agitado. 

Pero insistía la gente, “Puedes decir que no lo creas, pero ya ‘depuraron’ la calle de al lado.” Menos de una hora más tarde, otro rumor se difundió. Según el rumor, la operación de limpieza ya había empezado en su calle y proseguiría a lo largo de la noche. Así que era imprescindible que todos subieran, y regresasen a sus apartamentos para enfrentar a las Fuerzas Especiales con puertas abiertas. De otro modo, todo se echaría abajo, se aplastaría y se le prendería fuego.  

La gente se dio prisa para alejarse. Saipudin se desanimó. No tenía idea de lo que debía hacer. ¿Podían su mujer e hijos pretender escapar a través del solar abierto entre los edificios de apartamentos? 

Aunque el pobre hombre estaba a punto de desesperar, no lo mostraba. Con la mirada penetrante perdida en la oscuridad, se giró para ver a su esposa e hijos y se fortificó para hacerse a la idea de que existía la posibilidad de que ya no los volviera a ver. 

Entonces apareció de repente entre las sombras una forma, la figura encorvada y angular de su vecina Svetlana Viktorovna. Habló con voz bajita pero firme.

“Saipudin, me da miedo estar sola. ¿Me hacen todos el favor de subir y quedarse conmigo?

“¿Con Ud.? ¿Por qué con Ud.?” Saipudin no comprendió. 

“Es menester. Se lo dije. Tengo miedo. ¡Vámonos, Malika! ¡Ali! Vámonos. Traiga su hermanita con Ud. O dámela y me la llevo yo.” 

Las Fuerzas Especiales penetraron a la fuerza en la caja de la escalera a medianoche. Ya había habido una explosión ensordecedora en el sótano. Hizo agitarse las paredes y bajar del techo una lluvia de yeso, y dejó hecho añicos cualquier pedazo de cristal que seguía agarrado al marco de la ventana. 

Los Comandos de las Fuerzas Especiales treparon estrepitosamente por las escaleras con sus pesadas botas. Llevaban chalecos antibalas y cascos. Las mujeres gritaron, “¡Aquí es donde vivimos! ¡Hay gente que acá vive!”  

“¡Sus documentos! ¿Algún checheno o ingusetio?” El comando pelirrojo tenía mucho más de seis pies de estatura.  

Svetlana Viktorovna pasó adelante para hacerle frente, “Todos nuestros documentos están en orden. Aquí no hay guerreros. Éste es mi esposo, Sasha. Y éstos son su hermana y sus hijos de ella.”

Saipudin no dijo nada. Estaba preparado a enfrentarse a cualquier cosa menos acabar humillado delante de las mujeres y niños. 

¡Enséñenme sus documentos!” Gritó el soldado a Saipudin y su hijo. 

“Aquí tiene mi cédula. Mi hijo no tiene todavía. Apenas tiene dieciséis.” Saipudin le entregó su cédula. El soldado demoró mucho tiempo ojeando el documento para encontrar el lugar donde se indicaba nacionalidad.

“Checheno,” dijo por fin. “Venga Ud. conmigo. ¿Es también checheno el joven?” 

Svetlana prorrumpió. “¿Para qué? ¿Adónde van? Jamás dejaré que se lleve a mi esposo, ni al joven tampoco. Si de verdad se urge, nos reportamos mañana con Ud. en el cuartel general. Permítame notificarle que el oficial de mando regional es familiar mío. Verán, chicos, aquí está todo en orden. Ésta es mi gente. Siéntense y descansen. Por el amor de Dios, yo haré todo lo que pueda para hacerlos sentir bienvenidos.”   

El comando lo pasaba gritando y jugando con su arma. 

Persistió Svetlana, “He vivido entre esta gente toda mi vida. Estoy dispuesta a morir con ellos. Si quiere disparar, ensárteme el primer tiro. Mate a una maestra que lleva 28 años enseñándoles a los niños a ser buenos y a portarse con sensatez.” 

“Está bien. Puede seguir viva,” dijo el comando, mientras bajaba el arma. “Larguémonos de aquí, chicos.”

Pasaron dos años, y Grozny estaba de nuevo en manos de los chechenos.

Una noche, Saipudin despertó a su mujer. “¡Escucha! Se oyen gritos en el piso de Svetlana. Una especie de ruido. Vístete rápido. Vamos a ver lo que ocurre.”

La bulla subió en volumen, los gritos se hicieron más desesperados. Ni siquiera se detuvo Saipudin para vestirse debidamente. Se metió corriendo por la puerta abierta de su vecina llevando shorts y una bata, y lo que vio lo chocó. Dos hombres enmascarados habían tirado al piso a Svetlana Viktorovna y estaban tratando de maniatarla. Un tercer enmascarado con un arma hacía guardia en la puerta.

Saipudin se dio cuenta de que éstos se contaban entre los típicos jóvenes bellacos que ya habían sembrado el caos en la ciudad mientras se las daban de libertadores.

“Déjala irse ya de una vez. ¿No les da vergüenza? ¿No temen a Dios?” Gritó Saipudin y se apresuró para salvar a su vecina.

El hombre de la puerta soltó el seguro de su arma y apuntó a la cabeza de Saipudin. Si en ese momento no irrumpen Ali y Malika en el cuarto, habría disparado. Todos se dieron prisa para brindarle amparo a Svetlana y los tres lograron separar a rastras a los agresores de Svetlana.

Al escuchar el ruido, otros vecinos acudieron a la escena. Los tres hombres enmascarados se  dieron cuenta de lo que pasaba y se dirigieron hacia la puerta. Pero antes, el hombre que había soltado el seguro de su arma se dio de repente vuelta, y le disparó a Saipudin una sola bala. Los vecinos corrieron para ofrecerle socorro, pero no hicieron más que obstaculizarse el paso los  unos a los otros. Los tres delincuentes consiguieron escapar.

Dentro de un mes, Saipudin había salido del hospital y se recuperaba en casa.  Él, la familia suya, y Svetlana se acordaron pasar el verano juntos, tal vez en las montañas con los padres de Saipudin, donde se encontraban prados cubiertos de hierba, miel, y rebaños de ovejas, o con la tía de Svetlana quizá, en la aldea al lado del Volga, donde se disfrutaba caldo de pescado, moras silvestres y amplios espacios abiertos.   

Existe mucho espacio. Nadie debe sentirse excluido mientras que la gente mantenga abiertos la mente y el corazón a los demás y a lo nuevo. 


Preguntas para Discutir
  • ¿Cuáles son las razones por las que Svetlana a Saipudin le caía mal? ¿Por qué le parecía que ella no era buena vecina? 
  • ¿Cómo cambian el comportamiento y las relaciones entre las personas en tiempos de guerra?
  • ¿Por qué no les creía Saipudin a los que le advertían del peligro que había para él y para su hijo? 
  • ¿Por qué crees que la maestra mintiera? ¿La mentira se justica alguna vez para salvar la vida ajena? 
  • ¿Qué les pasó a los hombres y los muchachos secuestrados por los rusos?
  • ¿Crees que a Saipudin y Svetlana les agrada reunirse ahora?
  • Por qué, cuando ya se había parado el robo, le metió un balazo el ladrón a Saipudin? ¿Qué sentimientos evoca en ti este hecho? 
  • ¿Tienen en esta historia los temas de nacionalidad y etnicidad alguna importancia o papel? 
  • ¿Cómo se distingue el ‘aprecio’ y la ‘amistad’ de “entenderse con” la gente? Qué valor tienen el aprecio y la amistad para ti?  
  • Artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (las Naciones Unidas): Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
  • ¿Cómo obraron Saipudin y Svetlana para asegurarse que el otro/la otra estuviera seguro/a, protegido/a y bien cuidado/a?
  • Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (las Naciones Unidas): Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
  • Al comienzo de la historia, Saipudin decidió que a Svetlana no les caía bien él y los otros chechenos. 
    • ¿Cómo se opone esta decisión a la idea de tratar con respeto a una persona o personas? 
    • ¿Qué efecto tuvo la bondad de Svetlana sobre el comportamiento de Saipudin?