Sembrando Árboles para Sanar la Tierra

De Janet Sabina y Marnie Clark

Carol Drysdale, age 13; Maggie MacArthur-McKay, age 15 watercolor
Maggie MacArthur-McKay, age 15 framed: watercolor
Aubrey Riley, age 11 framed: acrylic on canvas
Aubrey Riley, age 11 framed: color pencil and felt-tip pen

Ubicación: Desde que Kenia ganó su independencia en los años 1960, ha trabajado su gobierno duro para modernizar el país, pero ha habido muchos problemas. Uno es que conforme va aumentándose el número de la gente en la tierra, talan cada vez más árboles para abrir espacio para el cultivo y para obtener leña para cocinar o para calentarse. Luego, sin raíces de árboles para preservar la integridad del subsuelo, las lluvias fuertes erosionan la tierra buena. Aparecen desiertos nuevos donde antes había bosques.


Ésta es la historia de cómo una persona trabaja a fin de hacerle la vida mejor al pueblo keniano. Ella es Wangari Maathai y su trabajo no es sencillo.

Wangari era una de las kenianas afortunadas que consiguió educarse hasta finalizar todos sus estudios universitarios. A ella y a otros jóvenes estudiantes se les decía que iban a ser líderes futuros de su país. Les tocaría asumir una responsabilidad especial para ayudar al pueblo keniano. Wangari lo tomó en serio. Cuando acabó sus estudios y vio lo que le pasaba a la tierra, decidió ofrecer su ayuda sembrando árboles—no unos pocos árboles hortelanos, ni siquiera unos cientos de árboles para dar comienzo a un bosque pequeño, sino miles, incluso millones de árboles.

Su primer proyecto no le fue demasiado bien. Pudo obtener 6.000 plantas de semillero gratuitas—árboles mínimos con pequeñas raíces y sólo unas cuantas hojas. Decidió conseguir que las plantasen personas con necesidad de trabajo urgente. Pero a las personas a las que encontró les faltaban las herramientas que hacían falta o bastante dinero para el pasaje en autobús para llegar hasta donde el trabajo se llevaba a cabo. Y luego, debido a una temporada especialmente seca, el gobierno dijo que en absoluto podía ser usada el agua para los jardines. Menos dos, murieron todos los árboles. Era desalentador. 

Por ese tiempo más o menos Wangari fue a una conferencia de las Naciones Unidas en Canadá. Conoció allí a personas como Margaret Mead y la Madre Teresa, personas con mucha experiencia afanándose para que la vida de la gente fuese mejor. Quedó inspirada para seguir adelante con sus aspiraciones, pero se dio cuenta que no lo podía hacer a solas.  

Wangari regresó a Kenia e inauguró un comité de mujeres de todo el país. Su primer proyecto fue conseguir que unos líderes prominentes plantaran en Nairobi, capital de Kenia, siete árboles a fin de honrar a los siete héroes kenianos importantes. Los líderes quedaron retratados en el periódico y recibieron mucha publicidad. Desgraciadamente, aquéllos responsables de regar los árboles, no les dieron bastante agua. En poco tiempo, todos los retoños murieron.

Luego, Wangari y su comité fijaron una meta de plantar millones de árboles en tierras públicas. La gente que vivía cerca asumiría el cuidado de ellos. Llamaron el proyecto Salva la Tierra Harambee (Ha-rahm-BAY es palabra keniana que quiere decir “vamos a unirnos todos.”)

A un departamento de silvicultura del gobierno le gustó el plan de las mujeres y se pusieron de acuerdo para darles gratis las plantas de semillero. Pero cuando el comité pidió 15 millones de plantas, el gobierno decidió que no estaba en condiciones de poder regalárselas. Sencillamente quince millones eran demasiadas.

Esto le dio a Wangari otra idea. Además de sostener la tierra, ella quería empoderar a los que carecían de privilegios. ¿Por qué no capacitar a las mujeres para crear viveros? Luego las mujeres podrían ganar dinero suministrando los árboles que ella quería plantar.

Esta idea le dio buenos resultados. A las mujeres se les enseñaba a recoger las semillas de los árboles que crecen naturalmente en su parte del país. Se les enseñaron a crear los semilleros, darles atención y manejar un pequeño negocio. Aprendían a ayudarse ellas mismas y, al mismo tiempo, a dar a la tierra sustento. Era maravilloso.

Pronto la gente plantaba árboles nativos en largas filas para servir de rompevientos y para retener el agua del subsuelo. Conforme crecían los semilleros y se quedaban sobrepoblados, se podían ralear. Lo que se extraía podía usarse para leña. Esto también era algo maravilloso. La radio, la televisión y los periódicos daban noticias sobre los semilleros y los retoños. Llegaron cartas de las escuelas, iglesias e instituciones públicas que pedían árboles que sirvieran para ser plantados. La idea de Wangari recibió un nuevo nombre. Se le llamó el Movimiento del Cinturón Verde.

Individuos de pueblo, y de ciudades de toda Kenia comenzaron a formar comités. La gente del Cinturón Verde celebraba reuniones para esclarecer la importancia de los árboles. Proveían útiles de jardín, tanques de agua y capacitación para aquéllos contratados para cuidar los árboles. Con frecuencia contrataban a personas con discapacidades que les dificultaba la obtención de trabajo. De esa forma, quedaron empleados cientos de personas. 

Wangari advirtió que a veces la gente plantaba sus semilleros con mucho entusiasmo y luego se cansaba de ocuparse de ellos, de manera que murieron muchos vástagos. Así que, la gente del Cinturón Verde ensayó otra idea. Cuando se plantaba árboles nuevos, se prometía mandar dinero por todos los árboles todavía vivos al sexto mes de plantarse. Como sabía de este dinero con anticipación, mucha gente se sentía más motivada a prestarles buen cuidado a los árboles pequeños mientras éstos se consolidaban en la tierra. 

Wangari se preocupaba porque algunos agricultores introducían en Kenia especies de árboles no indígenas por crecer más rápido éstos, a fin de poder talarlos y venderlos como leña más pronto. La gente se ha percatado de que de esta manera puede ganarse más rápido el dinero. Pero los árboles plantados sólo para talarse dentro de dos o tres años no resuelven el problema de la erosión del suelo. Igualmente importante, aquellos árboles desequilibraban el balance natural. Además de leña y madera para la construcción, los árboles nativos de Kenia también proveen pienso para los animales, frutas, mieles y medicinas herbales no provistos por las variedades importadas.

Wangari trabaja con ahínco a fin de enseñarle al pueblo que los árboles nativos son mejores para Kenia. Y puede ver que sus esfuerzos han dado fruto. En sólo 12 años, se ha dado principio a 1500 viveros. Más de 10.000.000 de árboles han sido plantados en tierras públicas. Muchas de ellas pertenecen a cinturones verdes cerca de instituciones pedagógicas que reciben la atención de escolares. Más de un millón de niños realizan este trabajo, atendiendo a uno o dos árboles cada niño.

En 1989, Wangari Maathai recibió $10.000 de los Premios Global Windstar por sembrar árboles y por su trabajo ambiental en Kenia. Se preguntaba la gente qué haría ella con todo ese dinero. Durante la ceremonia de entrega de premios ella anunció que lo iba a repartir a los viveros y los comités de Cinturón Verde en otras partes de Kenia. Wangari Maathai ve algo de Dios en cada uno de nosotros, y a ella le importa la gente—toda la gente—y nuestra irremplazable Tierra.