‘Santuario’ es Sinónimo del Amor

Ubicado en los Estados Unidos. 

De Elizabeth Yeats

Elizabeth Henderson, age 11 framed: colored pencil
Lisa Engelhardt, age 14
Unknown

El Movimiento Santuario protegía a los refugiados que huían de la violencia que primaba en Centroamérica.

Los nombres y ubicaciones se han modificado para proteger a individuos involucrados.

Una noche llegó la llamada. “¿Podría su grupo albergar a dos parejas jóvenes y sus bebés de pocos meses que vienen huyendo de la violencia surgida en Guatemala? Habría que decidirse de inmediato.”

Hizo una pausa. Luego continuó, “Una de los bebés, junta con sus padres, queda abandonada en México. Nos preocupa que no coma lo suficiente y se puede morir de hambre. Necesitamos que vaya alguien a la frontera para ayudarlos a cruzar.”

Al colgar el teléfono, me acordé de la terrible violencia surgida en Centroamérica, que inquietaba a nuestra reunión cuáquera desde hacía años. Se oía cientos y hasta miles de reportes de gente que huía de los brotes violentos, de detención y tortura a manos de su propio gobierno. ¿Dónde más iban a poder encontrar albergue estos hombres, mujeres y niños? 

Nos acostábamos abrigaditos cada noche en camas cómodas, y mañana tras mañana nos levantábamos sintiéndonos protegidos. Rumiamos sobre la posibilidad de compartir aquel sentido de seguridad nuestro con otra gente. Muchas comunidades, iglesias, sinagogas, y casas de devoción estadounidenses y canadienses acogían refugiados centroamericanos. Esto involucraba violar leyes federales y requería un montón de ayuda de muchos individuos. 

Organizamos una expresión religiosa especial en la cual los devotos dan su opinión… “Aunque es posible que, al hacerlo, infrinjamos contra las leyes de nuestro gobierno, la ley de Dios nos increpa ayudar a los afligidos,” dijo un amigo… “No somos muchos ni de muchos recursos pero ¿no nos llama Dios para que compartamos lo que tenemos?” preguntó otro. Una señora mayor reflexionó, “Si Dios quiere que asumamos este reto, se nos abrirá un camino. Yo opino que deberíamos seguir adelante.” Y acordamos acoger a nuestros vecinos.

Es así como al llegar la llamada aquella noche, estábamos decididos ya. Pero me pregunté si estaríamos preparados de veras para atender a seis personas. ¿Quién iría para la frontera para asistirlos en la travesía? Ahora que de nuestra ayuda dependía gente de carne y hueso, ¿de veras se nos abriría un camino? Mi esposo, John, y yo rumiamos hasta muy tarde por la noche.

Por la mañana, nos reunimos los del grupo encargado del proyecto Santuario para divulgar la noticia. El grupo le pedía a John, quien hablaba el español con fluidez y tenía experiencia trabajando con gente refugiada, que fuera al cometido. John viajó miles de millas en avión hacia el oeste cerca de la frontera. Mientras tanto, yo esperaba en casa la llamada que confirmara que todos se hallaran sanos y salvos. 

El peligro que enfrentaba algún ciudadano estadounidense por ayudarle a cruzar la frontera a alguien de forma ilegal incluía riesgo de arresto, procesamiento, y posible multa o encarcelamiento. John sabía que si eso sucediera, tendría de soporte a su familia y a la asociación de los cuáqueros.  

Por otra parte, todos sabíamos que el peligro para los refugiados era mucho mayor. De ser aprehendidos, serían apresados y con toda probabilidad devueltos para Guatemala. Por oponerse a las acciones del gobierno durante sus clases nocturnas, Carlos había sido arrestado cuatro veces. La última vez por poco le matan. De ser deportado, acabaría con toda probabilidad muerto. ¿Qué sería entonces de su joven esposa, María, y de la bebé Anna?… 

Por fin llamó John. Tenía la voz llena de emoción y alegría. Todos estaban de este lado de la frontera sanos y salvos. A los dos primos, un niñito y una niñita, se les pasaba alegremente de brazo a brazo. “Te cuento más cuando llegue a casa,” me dijo.

Vaya una historia. La vida del lado mexicano de la frontera era difícil y peligrosa. Como guatemalteco, a Carlos no se le permitía buscar trabajo. Se hospedaba con mexicanos que participaban en el Movimiento Santuario. Después de nacer Anna, ella y su madre se encontraban demasiado débiles para viajar. Como faltaba comida, María no producía leche de mama suficiente. En busca de comida y refugio, se apartaron de la frontera. Finalmente, se sintieron lo suficientemente fuertes para volver a intentar la travesía.  

Cuando llegó John, alquiló un jeep y manejó por caminos serpenteantes hasta el punto de reunión solitario. Esperó de su lado del cercado tenso durante horas, consciente de que, al oscurecerse cada vez más, la vuelta en carro al pueblo se hacía progresivamente más peligrosa. La familia, por su parte, iba caminando millas bajo un cielo cada vez más oscuro.

Primera que nadie, se pasó por encima del cercado la bebé Anna. Comenzó a chillar. Se agarró de la barba de John y jaló fuerte. John apenas pudo contener las ganas de echar un grito él mismo. Luego María hizo la travesía. Y, porque así resultaba más seguro, Carlos y los otros familiares eligieron otros lugares donde cruzar. John acomodó en el jeep a madre e hijos fatigados y se dio vuelta para manejar con cuidado al pueblo. Sólo distinguía los faros de los otros carros. En cualesquier de ellos, podrían andar agentes de la policía fronteriza y no lo sabría él hasta que los hubieran detenido. En ese caso, ¿qué historia les contaría a los agentes? 

Aunque asustado él mismo, John quiso hablarle a María. Pero ella permanecía callada, agazapada con la bebita adormecida envuelta en sus brazos. Qué asustada se debería sentir viajar a oscuras por un país nuevo al costado de un barbudo desconocido…Pero el viaje transcurrió sin percance. María y Anna se entregaron sanas y salvas a brazos de Carlos. Sólo entonces se relajó María y le dio a John una sonrisa tímida. Para cuando John llegaba a casa, el camino que les permitía a todos los seis refugiados albergarse en nuestro santuario se hallaba abierto. Los cuáqueros les prepararon un lugar y dispusieron que hubiera asistentes las 24 horas al día durante un período justo después de la llegada de los guatemaltecos. También, los congregantes practicaron su español. 

El principio de la larga travesía a través de Estados Unidos constaba de una serie de viajes nocturnos en carro, de muchas millas cada uno. Cada noche se hospedaban con una diferente familia partidaria del movimiento Santuario. Cada familia llamaba a la siguiente y le decía, “ya había llegado ‘el Llanero Solitario’ (‘the Lone Ranger’).” Luego ésta, a su turno, reunía ropa y alimentos, echaba al carro gasolina y se preparaba para llevar a los refugiados al siguiente destino. De esa forma su trayectoria moderna hacía recordar el ferrocarril subterráneo usado hace más de cien años por los esclavos estadounidenses escapados.

Por fin nos llegó la hora de ofrecer transportar a los refugiados a su nueva casa. Una mañana bonita de abril, John y yo nos despertamos a las cinco de la mañana dispuestos a ponernos en camino por la sierra en una camioneta prestada. Llegamos a la casa segura justo en el momento del desayuno. Antes de dar vuelta para regresar a casa, nos sentamos un rato en la terraza trasera para tomar café y pasar de mano en mano a los lindos bebitos.

En el momento de escribir yo estas líneas, Anna tiene cuatro años. Tiene un hermoso hermano menor que se llama David. ¡Su familia ha dado a nuestra comunidad tanta alegría! Han cuidado a nuestros hijos; nos han enseñado a preparar platos guatemaltecos y en nuestras celebraciones nos han compartido su música y poesía. Hemos celebrado veladas, ofrecido oraciones, y realizado otros eventos para que les sea más fácil a los ciudadanos del estado y miembros de nuestra comunidad comprender la preponderante situación en Centroamérica. Hemos pasado momentos con miedo y dificultad, medio trastornados por malentendidas y sentimientos heridos. Pero una tras otra vez, bregamos, nos escuchamos y trabajamos hasta que se nos abra por fin el camino que nos permita dar el siguiente paso para llevar a cabo nuestro experimento de cuidarnos los unos a los otros dentro del Santuario. 

El Congreso de los Estados Unidos aprobó una ley que impidiera que se volviese a deportar a los refugiados, pero no siempre ha funcionado bien. Sólo protegía a los refugiados durante dos años y la cláusula no tenía en consideración a los guatemaltecos. Durante décadas la mayoría de los refugiados y los que los asistían enfrentaban peligros. Por su trabajo con el Movimiento Santuario quedaron detenidos adeptos de distintos credos, pero seguimos protegiendo a los inmigrantes a nuestro país, y apoyando el reconocimiento pleno de sus derechos como seres humanos.  


Traducido por Charles Rand