Perdonar es Divino

Ubicabo en Palestina

De Yousef Bashir

Trev Wong

Me llamo Yousef y soy palestino. De siete hijos yo soy el cuarto. Durante los primeros 13 años de mi vida, vivía en la Franja de Gaza con mi familia—mi papá, mi mamá, mi abuelita y mis cuatro hermanos. Vivíamos en una casa de tres pisos en la aldea de Deir el-Balah al lado del asentamiento israelí de Kfar Darom. Mientras crecía en Gaza, yo no pensaba mucho en la política ni en la pobreza que me rodeaba. Mi principal interés era jugar deportes, especialmente el fútbol. Soñaba ser un día campeón de fútbol.

Las cosas cambiaron en el año 2000 cuando estalló la violencia entre israelíes y palestinos. Nuestra aldea quedó atrapada en medio. Un día se oyó en la puerta un golpe violento. Mi padre la abrió, y un grupo de soldados israelíes armados con rifles M-16 le quedaban mirando de forma amenazadora.

“Usted tiene que abandonar la casa,” dijeron. Su casa queda demasiado cerca del asentamiento israelí. Sería peligroso quedarse.” 

“¿Por qué habría que dejar mi casa?” preguntó mi padre. “No hice nada malo.”

“Si se quedan va a costarles,” el soldado dijo. “Costarles caro.” 

Pasó a explicar las condiciones que tendríamos que observar si optamos por quedarnos. Al irse los soldados, mi familia discutió las opciones. Mi madre tenía miedo y quería irse en seguida. Todos los vecinos se habían ido, y sus casas habían sido demolidas. Pero el parecer de mi padre era otro. 

“Se pueden ir si quieren,” dijo, “pero si nos vamos, nos demolerán la casa y jamás la volveremos a ver. Pienso quedarme, pase lo que pase.” Habló tan convencido que todos decidimos quedarnos.

Pero se nos hacía vivir en la casa cada día más difícil. Los soldados israelíes se instalaron. Envolvieron el techo de nuestra casa con redes de camuflaje y alambre de púas. Luego, pusieron un puesto de metralleta y cámaras. Ya no pudimos llevar vidas normales. Los soldados ocuparon los pisos superiores de la casa. Menos los soldados y los que estaban autorizados, como periodistas y empleados de las Naciones Unidas, no se permitía entrar a nadie. 

Hasta a nosotros nos faltaba permiso para subir al segundo y al tercer piso porque el ejército nos informó que estaban designados como Área C, zonas en las cuales el gobierno militar israelí maneja todo y los palestinos no poseen ninguna autoridad. La sala de estar, donde todos los siete de nosotros debíamos quedarnos en la noche, se designaba Área A, dentro de la cual supuestamente están los palestinos empoderados. Pero nosotros a esta zona le llamábamos “la cárcel.” El baño, la cocina y el dormitorio se conocían como el Área B, donde los palestinos se auto-administran, pero los israelíes retienen control de seguridad. Nos tocaba pedir permiso para entrar a la cocina. Si teníamos que ir al baño, un soldado nos acompañaba.

Así siguió durante cinco años. Nos dominaron la vida tanques, soldados, balazos, cohetes, y un ciclo de destrucción que parecía interminable.

Como sobrevivimos durante aquella época loca, no lo sé yo. Tal vez fuera el amor a nuestra casa que nos dio la fuerza para seguir adelante. Tal vez fuera nuestra convicción de que somos todos seres humanos, y que de alguna manera, sabremos convivir. Decía mi padre, “Somos todos hijos de Abraham. Nosotros, los palestinos, así como los israelíes también, tenemos el derecho de vivir en paz.” Pero en el fondo de mi corazón, yo a él nunca lo creía.

Parecía que las cosas no podían empeorar, pero sí podían, y así quedaban de peor. Un día algunos empleados de la ONU, que estaban autorizados para visitarnos, llegaron a nuestra casa. Eran muy simpáticos. Me sentía bien. Les conté que mi equipo de fútbol acababa de ganar un partido. Un empleado de la ONU me felicitó por mi camiseta de fútbol que llevaba nombre de mi equipo favorito italiano—el Roma. 

Estaba parado fuera de mi casa despidiéndome con la mano a los empleados de la ONU cuando algo terrible aconteció. Era como si algo me hubiera penetrado el cuerpo por detrás. No me dolía al principio. Pero sentía una sensación muy rara.

“Papá,” dije. “Creo que me han dado un tiro.”

Se veía sorprendido, luego horrorizado. Así también el resto de mi familia. Entonces, me desplomé al suelo. 

Mi padre vino corriendo a estrecharme entre sus brazos. 

“Hijo, ¿estás bien?” preguntó.

“Claro, Papá,” dije “Estoy bien. Hoy aprobé la prueba de matemáticas, y yo, yo recibí una buena evaluación en historia, y mi equipo ganó.”

Entonces me asaltó el dolor. Era tan intenso que suspiré Shahadat, palabra que dicen los musulmanes al morir.

“Va a estar bien, hijo,” dijo mi padre. “No vas a morir.”

Lo decía como dando a entender que iba muy en serio. Así es mi padre. Nunca se resigna. Llamó una ambulancia, y me llevaron al hospital de la Ciudad de Gaza.

Pero sobre el viaje, no me acuerdo de mucho. Me había desmayado. Al despertarme, me sentía muy soñoliento. Reconocía que estaba en un hospital. Estaba en una gran cama blanca y tenía algo metido en el brazo—una vía intravenosa. Mi padre estaba sentado al lado de la cama. Sonrió cuando vio que estaba despierto.

“¿Qué pasó?” pregunté adormilado.

“Te metieron por la espalda un tiro,” dijo. “La bala se te quedó alojada en la columna vertebral. Dicen los médicos que operarte es demasiado peligroso. Pero vas a estar bien. Vas a vivir.”

Intenté mover las piernas, sin éxito.

“Papá,” dije. “No puedo mover las piernas. ¿Podré caminar?”

Mi padre no decía nada al principio. Luego dijo, “Si Dios quiere, hijo. Los médicos están haciendo todo lo posible.”

Sabía que hacían los médicos todo lo que podían pero les faltaban provisiones básicas médicas. Me sentía inútil, como si se me acabara la vida. Ahí estaba yo y me temía que nunca iba a poder caminar ni jugar fútbol. Estaba tan deprimido que dejé de hablar. Estaba en shock.

Unos días más tarde me llevaron a otra ambulancia en camilla. Luego me llevaron a un nuevo hospital. No recuerdo mucho. Era como una pesadilla. Cuando estaba por fin consciente, me di cuenta de que el hospital era distinto. ¡Hablaban hebreo los enfermeros y médicos! No lo podía creer. 

“¿Dónde estoy?” pregunté. Ésas eran las primeras palabras que hablaba en días. 

Mi papá estaba sentado al lado de la cama. Detrás de él había una enfermera israelí. Cuando me vio ella abrir los ojos y hablar, sonrió. “Está despierto,” dijo con voz cálida y bondadosa muy parecida a la de mi madre.

Durante las próximas semanas y luego los próximos meses, vi a muchos israelíes—médicos, enfermeros, niños, padres. Los médicos que venían a visitarme, sonreían y contaban chistes. Los enfermeros eran compasivos. Esto me resultaba desconcertante. Es posible que los israelíes eran, al fin y al cabo, seres humanos? Al cabo de unas semanas, mis padres tenían que regresar a Gaza, dejándome solo. Los echaba mucho en falta. Y me ponía nervioso estar solo con los israelíes.

Una familia de colonos visitaba a su hijo que compartía la habitación donde yo me hospedaba. Al principio, les había molestado que su hijo compartiera una habitación con un árabe. Pero cuando supieron lo que me había pasado y observaron lo solo que estaba, comenzaron a tratarme con mucha consideración. Me llevaron regalitos. Se tomaron el trabajo de asegurarse de que yo tenía toda el agua y la comida que necesitaba. No me olvidaré de ellos jamás.

A lo largo del año siguiente, me esforcé en reponerme de salud. Durante este tiempo mantenía con mi padre largas conversaciones sobre el significado de lo que había acontecido. ¿Por qué a tanta gente le toca lastimarse y morirse? ¿Se puede perdonar?

Poco a poco, cambió mi actitud. Llegué a ver que me había acribillado un soldado israelí, pero muchos israelíes habían trabajado para salvarme la vida.

También llegué a percatarme de que era verdad lo me decían mi padre y mi madre: los israelíes eran seres humanos igual que yo. Y por primera vez en mi vida, me sentía verdaderamente humano. Quería hacer algo para cambiar el mundo, para transformarlo en un lugar más pacífico.

Los médicos no podían extraer la bala de mi cuerpo. Viví siete meses en el hospital sin poder caminar. Hoy camino bien, pero sigo con la bala en la espalda y probablemente ahí se quedará siempre. 

Por fin se me ofreció la oportunidad de hacer de pacificador. Me enteré de un programa llamado Semillas de Paz. Este programa reúne a adolescentes israelíes y palestinos en un grupo en un campamento del estado de Maine, en los Estados Unidos. Los adolescentes reciben la oportunidad de dialogar, de aprender los unos sobre los otros, y de hacer amigos. Fui a Maine y pasé allí el verano con un grupo de adolescentes tanto israelí como palestino.

En el campamento, y también más tarde cuando estábamos otra vez en casa, al oír algunos jóvenes palestinos mi historia, querían usarla para demostrar hasta qué punto podía llegar la maldad de los israelíes. Yo me negué a dejarles usar mi historia así. Se enojaban conmigo. “¿Qué te pasa, Yousef? ¿De qué lado estás?” insistían, “¿del suyo o del nuestro?”

Yo no quería apoyar ningún lado. En el corazón sabía que “errar es humano, perdonar es divino.” De modo que al igual que con palestinos, me hice amigos israelíes. Era difícil. Hasta algunos miembros de mi propia familia me rechazaron por traidor. Pero mis padres siempre me apoyaban incondicionalmente.

Cuando estaba de vuelta en Gaza, uno de los soldados israelíes llamado Ori, el cual estaba acuartelado en mi casa, se interesó por mi historia. Mantuvimos una larga conversación sobre la paz. Le dije que aunque probablemente pasaría el resto de mi vida con una bala en la espalda, haría todo lo que pudiera para ser pacificador. Ori era muy comprensivo y yo sugerí que él pensara hacerse monitor en un campamento de Semillas de Paz. Cuando terminamos nuestra conversación le regalé una camiseta de Semillas de Paz.

Ori sonrió con calidez. “Gracias,” dijo. “La voy a llevar cuando se me acabe el servicio militar.”

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Preguntas para Discutir 
  • ¿Por qué se negó el padre de Yousef dejar su casa?
  • ¿Qué fue lo que le hizo posible a la familia de Yousef sobrevivir cinco años con su casa en estado de ocupación? 
  • ¿Cómo reaccionó el padre frente al balazo?
  • ¿Cómo reaccionó Yousef?
  • ¿Qué hicieron para Yousef la enfermera y los médicos israelíes?
  • Yousef va a llevar durante el resto de su vida la bala en la espalda. ¿Cómo conseguía perdonar?
  • ¿Qué se propuso llevar adelante en su vida?
  • Conforme has ido creciendo, ¿qué te ha despertado más la consciencia acerca de la suerte de las otras personas a tu alrededor?
  • El Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (las Naciones Unidas): Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. 

De acuerdo al espíritu fraterno según se constata en el Artículo 1, ¿cómo le honraron a Yousef el hospital, los enfermeros y la familia israelí de su compañero de cuarto? 

  • El Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (las Naciones Unidas): Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. 
  • ¿Crees que, a consecuencia de conocer a Yousef y su familia, acabarán comprendiendo mejor a otra gente árabe? 
  • Como resultado del trato que recibió de los empleados médicos y de la familia ¿qué aprendió Yousef acerca de los israelíes?
  • Al comienzo de la historia, Yousef no creía que todo el mundo tuviera derecho a la paz como enseñaba su padre. ¿Qué experimentó Yousef que le hiciera cambiar de parecer? 
  • Alguna vez ¿has tenido la experiencia de sorprender en una persona, que generalmente en tu cultura no cae bien, algo positivo? Cómo lo experimentaste?

Discussion Questions

Read this story after reading Kunta Khadji.

  • Why did Yousef’s father refuse to leave his home?
  • What made Yousef’s family able to survive five years of their home being occupied?
  • How did Yousef’s father react to the shooting?
  • How did Yousef react?
  • What did the Israeli nurse and the doctors do for Yousef?
  • Yousef will carry the bullet in his back for the rest of his life. How was he able to forgive?
  • What did he resolve to carry forward in his life?
  • As you have grown, what has made you the most aware of the plight of other people around you?
  • Article 1 of the Universal Declaration of Human Rights (United Nations): All human beings are born free and equal in dignity and rights. They are endowed with reason and conscience and should act towards one another in a spirit of brotherhood.
    • How did the hospital, the nurses, the Israeli family of Yousef’s hospital roommate honor him in the spirit of brotherhood as stated in Article 1?
  • Article 18 of the Universal Declaration of Human Rights (United Nations): Everyone has the right to freedom of thought, conscience and religion; this right includes freedom to change his religion or belief, and freedom, either alone or in community with others and in public or private, to manifest his religion or belief in teaching, practice, worship and observance.
    • Do you think they will become more understanding of other Arab people as a result of knowing Yousef and his family? In what ways?
    • What did Yousef learn about Israelis as a result of how he was treated by the medical staff and the family?
    • In the beginning of the story Yousef did not believe that everyone has the right to peace as his father taught. What did Yousef experience that changed his belief?
    • Have you ever had the experience of seeing something good in someone who is not generally liked by your culture? What was it like for you?