Misericordia: Memoria de un Poeta

De Yevgeny Yevtushenko, Ubicado en Rusia
Traducido por Michael Henry Heim

Unknown artist, pen and watercolor
Artur Cherov, ink
Unknown artist, pen and oil pastel
Unknown artist, pen and watercolor
Unknown artist, pen and watercolor
Unknown
Unknown artist, pencil and watercolor

En 1944 Mamá y yo regresamos a Moscú. Y por primera vez vi a nuestros enemigos. Alrededor de veinte mil prisioneros alemanes—si tengo bien la cuenta—estaban por pasar por las calles moscovitas en una sola columna. Las aceras rebosaban gente. Los soldados y la policía apenas podían contenerla.

Eran mujeres en su mayoría—rusas con las manos rugosas por el duro trabajo, labios desacostumbrados al lápiz labial y hombros enjutos y encorvados que habían sufrido los embates de la guerra. Cada una de ellas sufriría la baja de un padre o esposo, un hermano o hijo, muerto por los alemanes. Las mujeres contemplaban con odio el punto por donde debía aparecer la columna de prisioneros alemanes. Ahí estaba por fin.

Primero llegaron los generales, sacándose el mentón arrogante, apretando labios desdeñosos, todo calculado en ellos a fin de acentuar la superioridad sobre sus indignos triunfadores.

“Huelen a desodorante, los cabrones,” manifestó alguien de la multitud.

Las mujeres cerraron las manos en puños. Los soldados y policías luchaban para contenerlos. Y de repente algo se mudó en el gentío.

La gente vio una columna de soldados alemanes, enflaquecidos, sin afeitar, que llevaban todos harapos miserables y vendas asquerosas manchadas de sangre. Apoyados en los hombres de los camaradas o en las muletas, caminaban con la cabeza hacia abajo. La calle permanecía en silencio. Lo único que se oía era el arrastrarse de botas y el chirrido de muletas.

De pronto vi a una señora mayor con botas andrajosas colocar una mano en el hombro de un policía. “Déjeme pasar,” dijo. Algo habría en ella que le incitó a abrirle paso. La mujer se acercó a la columna de alemanes, sacó algo que llevaba en el abrigo envuelto en un pañuelo que luego desdobló. Era la costra de una hogaza de pan negro.

Y de repente mujeres de todas partes se echaron a correr hacia los soldados, introduciendo enérgicamente en manos de éstos pan, cigarros, cualquier cosa.

Ya no eran enemigos.

Eran personas.