La Mezquita 

Ubicado en Rusia

De German Kuzetsov-Valin
A la memoria de mi madre, Khafiza, Abdulonova, la nieta del herrero.

Heather Kroger, age 20 ink and colored pencil
Katia Baikina, age 9 tempera
Alyona Ovdenko, age 8 tempera
Artur Ymarov, age 14 pencil
Lera Nevsorova, age 8 tempera
Katia Baikina, age 9 tempera
Rovzan Elnukayeva watercolor

Un día a mi amigo y yo se nos echó encima un aguacero y quedamos totalmente empapados. Su amigo, Akhmet, quien vivía cerca, nos dejó entrar para secarnos y nos dio una cálida bienvenida. Lo primero que vi era una gran fotografía en color dentro de un marco de mucho valor que colgaba de la pared. 

¿Te gusta?” dijo Akhmet “Lo llaman la Mezquita de Rashida. Existen dos historias muy interesantes en torno a ella. Pero primero, vamos a sentarnos. Vamos a asegurar que estés acobijado y seco.”

Conforme tomábamos té sazonado con miel de alforfón, Akhmet nos contó las historias. 

La Mezquita agracia las orillas del Río Medyanka, el cual fluye a través de la aldea de Medyana en el distrito de Nizhny Novgorod. De allí procede Akhmet.

La primera historia tuvo lugar hace mucho tiempo.

Ismail Khairetdinov era un herrero maravilloso. Se le conocía en todo el contorno. Podía hacer de todo y no exclusivamente objetos de metal. No había encomienda que no supiera llevar a cabo. Llegaba gente de todas partes a pedirle ayuda. No se le negaba nunca a nadie.

Un día triste encontraron a Ismail muerto en la herrería. El corazón se le había fallado. La aldea se sumió en un duelo profundo. La gente adulta lloró. Los niños permanecieron en silencio. Todo el mundo salió para el sepelio. Una larga comparsa procedió hacia el cementerio al otro lado del riachuelo. En el verano el Río Medyanka fluía tranquila y calladamente. Ahora era época de inundaciones primaverales a todo trance. En una sola noche, quedaron derrumbados todos los puentes por el hielo y agua de la sierra, que más abajo se precipitaban en forma de rápidos sobre las rocas. 

El cuerpo amortajado se amarró firmemente al féretro. Dos hombres cruzaron con cuidado hasta la otra orilla. Tirando de una cuerda unida al féretro, lo jalaron sobre el puente. Cuando el ataúd estaba a la mitad de la trayectoria, se produjo el desastre. La cuerda, que estaba resbalosa por la humedad, se les escapó de los dedos entumecidos. El féretro serpenteó sobre las planchas heladas y se resbaló sobre una capa de hielo que flotaba corriente abajo. La corriente atrapó la capa de hielo con su triste cargo, y con él se alejó. Los rápidos quedaban justo río abajo.

La gente corría persiguiendo el ataúd por la orilla, gritando en tártaro y ruso. No tenían ni idea de lo que debían hacer. Un joven soldado ruso oyó gritar a los tártaros y se dio cuenta de lo que pasaba. Se quitó el gabán y saltó al agua helada. Al rescatador lo derribaron las capas de hielo y casi lo dejaron aplastado. La corriente lo arrastró hacia los rápidos.  

Pero el solado logró agarrar la cuerda amarrada al féretro. Jaló toda la capa helada para la orilla. Los aldeanos se dieron prisa para sacar al soldado, arrastrándolo del agua helada. Luego arrastraron el féretro con el cadáver de Ismail, hasta la seguridad de la orilla.  

El rostro y las manos del soldado estaban rayados de sangre. Comenzó a congelársele la ropa. Las mujeres le echaron el gabán encima y lo llevaron a una choza cercana para que entrara en calor. Dejaron al héroe al cuidado de una vieja allí y regresaron a la procesión fúnebre.  

Aquel día no tenía sentido procurar llevar el cadáver al camposanto a través del río. Dejaron el ataúd con el cuerpo adentro en la vieja y decrépita mezquita. Un grupo de ciudadanos principales volvieron a la choza hasta donde habían llevado al soldado para descongelarse. Tenían ganas de agradecerle su buena obra, pero el joven se había marchado.

La vieja dijo, “El soldado se llamaba Fyodor. Tenía tan rubio el cabello como el lino y los ojos los tenía tan azules como el divino cielo.” Al quitarse la camiseta para exprimirle el agua, se fijó en que llevaba alrededor del cuello una cuerda con crucifijo. Había dicho que iba a ver a su madre. ¿Cuál era su apellido? ¿Para dónde iba precisamente? A la vieja no se le había ocurrido preguntar! ¿Qué más podía decirles? Su prórroga estaba pronto a concluirse. Se había secado y entrado en calor y luego seguido su camino. El día después del funeral, los musulmanes fueron a todas aldeas de los alrededores en busca del soldado ruso. No apareció en ninguna parte.

La segunda historia trata de la nueva mezquita. Hacía años que la vieja estaba en malas condiciones. Había demasiados problemas y faltaba dinero para comprar una nueva. Por fin las cosas se pusieron mejor. Los vecinos islámicos recaudaron suficiente dinero e invitaron a quienquiera pudiera ayudar con la construcción. Toda clase de gente se juntó para trabajar a fin de construirla. Conforme progresaba el trabajo se oía la cháchara distintiva de moscovitas, ucranios, bielorrusos y gente del Cáucaso. Todos eran amigables y nadie se preocupaba por la nacionalidad de nadie más. Se ganaba el respeto en base al trabajo que se realizara.

Profesaban distintas religiones pero vivían en comunidad como una sola familia. Tras haber sido víctimas de represión, guerra y hambre, se unieron para construir un lugar de adoración para los paisanos suyos de convicción musulmana. 

Vasis, un negociante local, había contribuido mucho dinero para la edificación del nuevo lugar de adoración, así que le pidieron que pusiera nombre a la nueva mezquita. En honor a su madre la llamó Rashida.

A la apertura de la ceremonia Vasis declaró que la mezquita era obsequio para todas las madres de la Aldea Medyana. Así que, la mezquita que llevaba nombre de una de las madres, se volvió símbolo del amor a las madres de todos los hijos de la aldea.  

Para muchos el gesto va más lejos, conmemorando la ayuda mutua sin egoísmo que los pueblos se brindan, y honrando la fe que nos tenemos las personas las unas a las otras. 

Para Akhmet y sus paisanos, la Mezquita de Rashida sirve como recordatorio de Ismail, el herrero local, y del acto de heroísmo del soldado cristiano ruso cuya vida se enlaza con la memoria de Ismael.

Las historias se habían relatado. Se acabó la tormenta. Era hora de irse. Antes de irme, eché un vistazo alrededor de la habitación una vez más. Un rayo de sol alumbraba la foto de la Mezquita de Rashida de todos los colores del arco iris.


Preguntas para Discutir
  • ¿Cómo se sentían los aldeanos por la muerte de Ismail? ¿Qué sentían cuando el soldado ruso rescató el féretro de Ismail?
  • ¿De qué manera fue extraordinario lo que hizo el joven soldado ruso?
  • ¿En qué formas se asemejan los actos — el del soldado y el de la gente que se unía para construir la nueva mezquita?
  • ¿Por qué importa que gente de muchas tradiciones étnicas y de religiones se unan para construir un lugar de adoración para la gente de una sola fe?
  • ¿Te ha tocado construir algo en comunidad con otra gente alguna vez? ¿Qué comportamientos y sentimientos promovió el esfuerzo colectivo?
  • ¿Qué sentimientos te evocan los que construyen las mezquitas? ¿Viste alguna vez levantarse una mezquita? ¿Posee su propia historia aquella mezquita?
  • Para echarles una mano a otras personas ¿alguna vez sacrificaste tu tiempo y salud?
  • ¿Qué sentimientos e ideas te suscita este relato veraz?