La Casa que el Amor Construyó

De William W. Price

Ubicado en la Francia

Zhenya Sokolova, age 10 framed: felt-tip pen and watercolor
Ruslan Basayev, age 20 framed: ink
Madina Mamayeva, age 13 framed: watercolor
Alieve Zulikyan framed: watercolor
Malika Saiyeva, age 19 pencil and watercolor
Alhazur Karimov framed: pencil and watercolor

Este cuento se desarrolla después de la Primera Guerra Mundial, donde toda una aldea había sido destruida por los combates.

Marie se despertó sobresaltada, a la negrura profunda y al olor familiar del suelo. Su cuerpo pequeño se tembló de frío húmedo. Se animó a reorganizar su áspera cama de harapos y arpillera en el piso de tierra. La pesadilla que la había sacudido del sueño se le daba vueltas en la cabeza como una nube oscura. Ella había tenido esa pesadilla todas las noches.

Cada noche, empezó con un sueño agradable. Ella vio a su amada pequeña aldea francesa. Pudo sentirse saliendo de su casa vieja y acogedora con su madre y su abuela, y pasando por la calle estrecha. Flores brillantes se agitaban de cajas debajo de casi todas las ventanas. El sol brillaba en el alto campanario de la iglesia.

Pero hubo otro brillo espantoso que se arrastró hacia la aldea – el brillo de armas. Marie se tembló de nuevo cuando el sueño feliz se convirtió en la pesadilla temida. Recuerdos negros pasaban por su cabeza. Aterrorizadas, su madre y su abuela la habían metido en un grupo de árboles. Allí, los tres se habían aplastado contra el suelo frondoso. Oleadas de soldados usando uniformes azules les pasaban. ¡Armas! ¡Luchas! ¡Explosiones y gritos! ¡Fuego! Cuando todo se calmó, la aldea ya no existía más.

Cuando la batalla se había movido a otra parte, Marie, su madre y su abuela cribaron llorosamente los escombros que habían sido su hogar. La pequeña familia se mudó a una bodega de frutas abandonada. “Como las (tuzas, taltuzas, ardillas de tierra) en su agujero en el suelo”, pensaba Marie con tristeza.

Se hundió en sus harapos y reasumió un sueño irregular. Los soldados marchaban una y otra vez a través de su cabeza. Después de los soldados franceses con uniformes azules, soldados alemanes con verdes hubieron llegado. Para alivio de todos, pronto se fueron. Luego vinieron los uniformes caqui de los americanos. Los estadounidenses se reían y repartían centavos franceses a niños ansiosos. Pero cuando se iban, la aldea todavía estaba en ruinas.

Cuando Marie se despertó de nuevo, la luz del sol brillaba a través de las grietas entre las viejas tablas colocadas como un techo en la parte superior de la bodega de frutas. Al oír nuevos sonidos, se incorporó rápidamente. Esta mañana algo diferente estaba sucediendo. Se preguntó qué los sonidos podrían ser. “Mamá, ¿han regresado los soldados?” preguntó ansiosamente.

No, mi querido. Vete a ver quién ha llegado,” dijo Mamá. Pareció extrañamente complacida.

Marie se quitó las cubiertas harapientos y subió por los escalones desvencijados de la bodega. Ella vio de inmediato que nuevos hombres con uniformes grises habían llegado a la aldea. En sus mangas y en sus gorras, llevaban una estrella roja y negra.

“¡Oh, mamá!”, exclamó Marie emocionadamente, después de observarlos durante varios minutos. “Los soldados con estrellas llevan sierras y martillos en vez de armas. ¡Construyen casas! ” Marie pensaba que eran soldados porque llevaban uniformes. Pero no eran soldados, sino trabajadores de los cuáqueros británicos y americanos.

Marie pensaba rápidamente. Corrió por los escalones viejos, y agarró un calcetín viejo. En ella habían seis centavos franceses que los soldados estadounidenses le habían dado – todo el dinero que tenía la familia. Mientras Marie se apresuraba a volver, la esperanza ansiosa tembló en cada paso. Corrió hacia el líder de los hombres de gris. Tímidamente, la pequeña niña extendió su pequeño calcetín y le mostró al hombre sus seis centavos. “M’sieu, pouvez-vous me construire une maison pour six sous?” (Señor, ¿me puede construir una casa por seis centavos?)

El hombre pareció sorprendido y le pidió que repitiera su pregunta. Cuando finalmente entendía a ella, no se rió ni sonrió, sino respondió con mucha seriedad: “Señorita, veremos lo que podemos hacer.”

No dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Marie establecía una vela diaria para ver qué pasaría. Una por una, pequeñas casas estaban terminadas para las otras personas de la aldea. Cada casa era pequeña y simple, pero a Marie se veían hermosas. Cómo anhelaba pisos de madera para limpiar, y un hermoso techo de tejas rojas para resguardarse de la lluvia.

¿Se irían antes de construir una casa para su familia? Mientras ella esperaba y observaba, la bodega de frutas le parecía más oscura y húmeda que nunca. En punto de empezar a perder la esperanza, Marie recibió su respuesta, y la respuesta fue: “¡Sí!”. La casa de Marie, como las demás, se construyó en solamente tres días. Para Marie, parecía la casa más hermosa del mundo.

En el día que era terminada la casa, el líder de los hombres de gris le ofreció la llave de la puerta principal a Marie con mucha formalidad, diciendo “Mademoiselle, le clef”. (Señorita, la llave.)

Marie lo tomó y comenzó a abrir la puerta oficialmente, mientras su madre y su abuela y todo el resto de la gente de la aldea miraban. Pero de repente se detuvo, recordando algo: ella les había ofrecido sus seis centavos por una casa, por lo que la casa aún no era suya. Rápidamente, bajó los viejos escalones hacia la bodega y, cuando volvió a subir, se acercó al líder de los hombres de gris. Ahora que la casa estaba terminada, se veía grande y los seis centavos parecían demasiado pequeños, pero era todo lo que tenía. Los contó en la mano del líder, “Un, deux, trois, quatre, cinq, seis”. (Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.) Con una gran sonrisa, Marie entró con su familia. El amor y la gratitud llenaban sus corazones y su nuevo hogar.

When Marie woke again, sunlight was shining through the cracks between the old boards placed across the top of the fruit cellar as a roof. Hearing new sounds, she sat up quickly. This morning something different was happening. She wondered what the sounds could be. “Maman, have the soldiers come back?” she asked anxiously.

“No, my dear. Go up and see who has arrived,” Maman looked strangely pleased.

Marie threw off the ragged covers and climbed the rickety fruit-cellar steps. She saw immediately that new men in gray uniforms had come to the village. On their sleeves and on their caps, they wore a red and black star.

“Oh, Maman!” cried Marie excitedly after watching them for several minutes. “The star soldiers carry saws and hammers, not guns. They are building houses!” Marie thought they were soldiers because they wore uniforms. But they were not soldiers. They were workers from the British and American Quakers.

Marie thought quickly. She ran back down the old steps and grabbed an old sock. In it were six French pennies the American soldiers had given her. It was the only money that anyone in the family had. As she hurried back up, anxious hope trembled in every step. She ran over to the leader of the men in gray. Timidly, the small girl held out her tiny sock and showed the man her six pennies. “M’sieu, pouvez-vous me construire une maison pour six sous?” (Sir, can you build me a house for six cents?)

The man looked surprised and asked her to repeat her question. When he finally understood, he didn’t laugh or even smile but replied quite seriously, “Well, Mademoiselle, we’ll see what we can do.”

He didn’t say yes, but he didn’t say no either. Marie set up a daily watch to see what would happen. One by one, small houses were finished for other people. Each house was small and simple, but to Marie, they looked beautiful. How she longed for clean wooden floors to sweep and a beautiful red tile roof to keep out the rain.

Would they leave before they built a house for her family? While she waited and watched, the fruit cellar seemed darker and damper than ever. Just when she was beginning to give up hope, Marie received her answer. The answer was, “Yes!” Marie’s house, like the others, was built in just three days. To Marie, it looked like the most beautiful house in the world.

On the day it was finished, the leader of the men in gray offered the front door key to Marie with great ceremony, saying “Mademoiselle, le clef.” (Miss, the key.)

Marie took it and started to open the door officially, while her mother and grandmother and all the rest of the village looked on. But suddenly she stopped, remembering something. She had offered them her six pennies for a house, so it wasn’t really hers yet. Quickly, she ran down the old steps into the cellar and when she came up again, she walked up to the leader of the men in gray. Now that the house was finished, it looked big and the six pennies looked too small, but it was all she had. She counted them into the leader’s hand, “Un, deux, trois, quatre, cinq, six.” (One, two, three, four, five, six.) With a huge smile, Marie went inside with her family. Love and gratitude filled their hearts and their new home.