La Bota Debajo de la Cama

Ubicado en el Reino Unido

De Murry Engle Lauser

Alicia Reichman, age 10 pencil

Alicia Reichman, age 10 pencil

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La vieja posada de piedra le parecía a Elizabeth Fry cómoda y acogedora. Pero a pesar de que llevaba un chal de lana y una larga falda hecha del mismo material, se le había metido el frío hasta los huesos. Acababa de volver de un día que había pasado, como tantos otros, trabajando en la cárcel de Bristol, en la sección de mujeres, fría y expuesta al aire.  

“Esas asquerosas habitaciones de piedras, con sus paredes frías que gotean!” pensaba al pasar junto al gran fuego alegre que calentaba la sala principal de la posada. “¡No sirven para alojar a nadie por graves que hayan sido sus delitos! Y ¡aquellos pobres niños, también encerrados! ¡Como me gustaría sacarlos para que corran al sol! ¡Tanto gritar y pelear! Me toca encontrar con qué ocuparles la mente y las manos.” Así vagaban sus pensamientos al subir la sinuosa escalera que llevaba a su cuarto.

En cuanto abrió la puerta, sintió algo raro en la habitación. Las ventanas de cristal seguían cerradas como las había dejado por la mañana, pero una gaveta de la cómoda estaba abierta a medias, y de ella colgaba un chal. Echó una ojeada al piso y vio que, sobre las tablas, quedaba roto el cirio del velador. Luego emitió un leve resoplido: Allí, debajo de la cama, casi tapada por la colcha de retales, estaba la suela de una bota masculina. 

¿Qué debería hacer? Para darse un momento para pensar, se acercó a la cómoda sin hacer ruido y cerró la gaveta. Luego recogió la vela partida. Había llegado a una decisión.

Se arrodilló junto a la bota. Sintió los fuertes resoplidos de un individuo debajo de la cama, aterrado acaso por la posibilidad de ser descubierto. “Bendito Señor,” comenzó, “perdónale a este hombre el mal que ha hecho. Que vuestra bondad ablande su corazón y le ayude a enmendar su conducta.” Su voz sonaba suave y compasiva.

La bota se agitó.

“Santo Dios, este señor está confuso y necesita de tu instrucción para nunca más volver a robar.”

El hombre salió a gatas de debajo de la cama. Era muy flaco, despeinado, con el pelo largo y la barba tupida y oscura. “¿Por qué me reza?” preguntó con hosquedad. “¿Por qué no le llama al ventero de una vez y así se concluye el asunto?”

 “El único al que me apelo es al Señor,” dijo Elizabeth enderezándose. Todavía tenía un poco de miedo pero no dejaba de mirarlo con dulzura, “Tu’ has de tener una razón muy especial para aproximaros a mi cuarto.” Al hombre se le decayeron los hombros.

“¿No me puedes decir cuál ha sido?” Siguió el hombre en silencio. Elizabeth esperaba.

Por fin dijo: “Tengo hambre, señora. Hace días que tengo hambre. Voy robando restos de comida pero no llenan el hueco que tengo aquí en el estómago. Para comprar comida de verdad me faltaba dinero. También venía buscando un abrigo calentito.”

“Me alegro de que tu’ has acercado a mi cuarto,” dijo Elizabeth. “Creo poder ayudarte.”

El hombre la miró atónito. Nadie jamás lo había tratado con tanta compasión, ni siquiera, cuando había servido de lacayo en una diligencia.

Elizabeth extrajo un grueso suéter de la gaveta. “Este suéter es de mi marido. Creo que te servirá. Bajemos ahora a comer.”

El pálido rostro del hombre estalló en una ancha sonrisa. “Ud. me trata a cuerpo de rey,” dijo. “Habría podido ordenar mi encarcelamiento—o ¿lo pensará hacer todavía?” De pronto se le fue la vista hacia la ventana.

“No,” dijo Elizabeth. “Bastante bien conozco las cárceles para pretender encarcelar a nadie.” Al percibir su perplejidad, añadió, “Te lo explico mientras comamos.”

Elizabeth lo llevó por la escalera al gran salón de la posada abajo. Mientras él engullía un plato grande de cordero cocido y patatas, ella le contó de su trabajo en la cárcel de mujeres. Luego, él le ofreció una explicación completa de sus propias dificultades.

Le había encarcelado tres veces ya—la primera vez por no poder cancelar una deuda, la segunda por robar y la tercera sólo por la mala fama que se había granjeado ya. A partir de la última vez que quedó encarcelado, no pudo conseguir trabajo. Tenía la ropa gastada y sucia, y tan mal el aspecto que nadie confiaba de él bastante para ofrecerle un puesto. Había resuelto nunca más volver a ser presidiario de modo que, antes de por fin entrar al cuarto de Elizabeth, tenía que estar a punto de morir de hambre.

A Elizabeth le conmovió la historia del hombre. Le recordaba tantas historias tristes que a las mujeres prisioneras los había oído relatar. 

De acuerdo con su forma de ser práctica, ella pensó primero que nada en el afán de trabajo del hombre. Conversó con él acerca de la clase de trabajo que le convenía y por dónde buscarlo. Al despedirse la una del otro, ella le dio algún dinerito para comprar jabón y un juego limpio de ropa.

El hombre se fue sintiéndose físicamente fortalecido y con el corazón lleno de esperanza. Elizabeth regresó a su cuarto con un sentimiento de paz profunda en su interior, agradecida de haberse dejado llevar a responderle con amor en vez de con miedo.