Gomitas

Ubicado en los Estados Unidos

De Isabel Champ Wolseley

Anzor Hashagulov watercolor

Milana Kurbanov, age 11

Anzor Hashagulov watercolor

Nosotros cuatro éramos cristianos evangélicos nuevos cuando dimos con el verso, “Si tiene hambre tu enemigo, dale de comer” (Romanos 12:20), durante nuestra lectura familiar del Evangelio. Nuestros hijos, en aquel entonces de siete y diez, quedaban especialmente perplejos. “¿Por qué al enemigo habría que darle de comer?” querían saber.  

Mi esposo y yo también nos lo preguntábamos, pero a John lo único que se le ocurrió responder era: “Nos toca porque así lo manda Dios.” Jamás se nos ocurrió que pronto nuestra propia experiencia nos dejaría la respuesta real a vista de ojos.  

Día tras día, John Jr. se quejaba, al llegar a casa de la escuela, de un compañero del quinto grado que se sentaba detrás de él en el salón. “Cuandoquiera que no nos preste atención Miss Smith, Bob insiste en asestarme un golpecito. Si un día cuando estemos en el patio, voy a desquitarme devolviéndole uno!”     

Estaba dispuesta yo misma a irme a la escuela y asestarle uno a Bob. Obviamente,  ese muchacho era un malcriado. Por otra parte, ¿por qué no conseguía Miss Smith llevar mejor la disciplina de la clase? A ella también le correspondería una reprimenda al mismo tiempo.        

Seguía rumiando la injusticia que se hacía a John Jr., cuando su hermanito de siete años prorrumpió en voz alta: “Tocaría tal vez darle de comer a su enemigo.” Los tres nos quedamos atónitos.

Ninguno tenía claro lo que podría ser eso del “enemigo.” No parecía posible se tuviera un enemigo en el quinto grado. Un enemigo sería uno que se hallara en lugar muy, pero muy remoto, en alguna parte pues.

Todos miramos para John, pero éste no supo ofrecer ninguna respuesta más que: “porque así lo manda Dios.” 

“Pues si así lo manda Dios, a ti sin falta te tocará,” le dije a John. “Sabes lo que le gusta comer a Bob? Si vas a darle de comer, te dará igual buscarle algo que le guste.” 

Por un momento quedó pensativo nuestro hijo primogénito. “Gomitas!” gritó. “A Bob le encantan las gomitas.”

De modo que compramos una bolsa de gomitas para que, al día siguiente, se la llevara a la escuela nuestro hijo. De esa forma, nos daríamos cuenta de si ‘darle de comer al enemigo’ daba o no buen resultado. 

Aquella noche discutimos qué estrategia emplear. La próxima vez que el vecino de John le diera pinchazo en la espalda, éste daría la vuelta y depositaría la bolsa de gomitas sobre el pupitre enemigo. Al día siguiente me quedé mirando y esperando pacientemente el arribo del bus amarillo a la orilla de la calle. Luego, salí apurada a fin de encontrarme con los muchachos antes de recorrer éstos siquiera la mitad del camino a la casa. John Jr. gritó de lejos: “Salió, Mamá! Salió bien!”   

Su hermanito se declaró el responsable del éxito. “Eh, acuérdense: se me ocurrió primero a mí.” 

Yo quería saber los detalles. “Qué fue lo que hizo Bob? Qué dijo?”

“Se quedó tan sorprendido que no alcanzó a decir nada—sólo se apropió de las gomitas. Pero no me pegó en todo el resto del día!”

De modo que no pasó mucho tiempo antes de hacerse John Jr. y Bob los mejores de amigos—tan sólo por la bolsita de gomitas. 

De grandes, nuestros dos hijos se hicieron misioneros y se establecieron en países extranjeros. El método preferido de los dos de mostrarse dispuestos a cultivar nuevas amistades, era abriéndose la casa a los habitantes del país donde residían y compartiendo con todos comida alrededor de la mesa. Evidentemente, los enemigos tienen hambre todo el tiempo. Será tal vez por eso que Dios nos manda que les demos de comer.