El Poder del Perdón para Sanar  

Ubicado en los EEUU

De Aba Gayle

Jen Han, age 17, USA

Joe Golling, USA

El detective Landry de la oficina del aguacil se portó con gentileza conmigo al pronunciar aquellas terribles palabras: “Me da mucha pena decírselo pero su hija Catherine ha fallecido. Murió asesinada, apuñalada.” Fue en septiembre del 1980. 

Me dejó roto el corazón. No me servía de nada el cerebro. Nada fue real en el día. De seguro al despertarme hallaría que la pesadilla ya pasó. Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que era verdad. Por miedo de descontrolarme no podía permitir que nadie me abrazara. No podía llorar…¿Y si alguien me oyera? Me duché. Con el agua a toda presión, chillé una y otra vez.    

Ocho años me duró el tiempo oscuro. Durante aquel tiempo carecía de apoyo, y la fe me faltaba. Para sobrevivir, yo permanecía sosegada y evitaba causar problemas. Pensaba que tenía que ser fuerte para apoyar a todos los demás. No quería ser una carga para la familia. Pensaba que, con dejar de lado su propio dolor, ellos ya tendrían bastante. Durante una temporada no podía conducir sin acompañante porque, cuando andaba sola, acababa llorando, y no podía divisar el camino. 

De conocerme en aquel tiempo, tal vez no habrías observado la nube negra que me acompañaba. Habrías pensado que todo me iba bien. Sin embargo, me encontraba aislada. Una rabia profunda y oscura comenzaba a fraguarse. Pensaba sólo en vengarme de la muerte de mi querida niña.

Douglas Mickey quedó detenido, fue juzgado. Le fallaron culpable de homicidio, y por haber matado en 1982 a Catherine le condenaron a morir. Me decía la gente que una vez que este infame quedara ejecutado, me curaría del dolor y todo se pondría bien de nuevo. Sin tener otra referencia, pensaba que tenían razón. Así que, yo aguardaba, y odiaba. Luego, tras ocho largos años, di el primer paso para recuperarme. Tomé un curso de meditación. Podía permanecer sentada tranquilamente, tener quietos los pensamientos, y estar presente en el momento.   

Me era una bendición poder convivir, y atender a mi madre enferma. Buscaba cómo ayudarla a disfrutar de la mejor calidad de vida posible. Una manera era llevándola a la iglesia. Ubiqué una pequeña y bonita iglesia no lejos de nuestra casa. Allí encontré no sólo a mí misma, sino a la imagen de Dios dentro de mí. Empecé a leer todos los libros en la librería de la iglesia. Llegué al conocimiento de que soy hija amada del Señor y de que Él es un Dios amoroso.

En la iglesia vi un video que me transmitió el primer vistazo del poder curativo del perdón. Entrevistaron a un judío sobreviviente del holocausto. No sólo pudo perdonar al pueblo alemán sino también a los guardias mismos que dieron muerte a cada uno de sus familiares en los campos. Algo en mí quedó claro al oír su testimonio a favor del perdón. Después de muchas horas de estudio, de oraciones y discusiones con otros, pensé que tal vez conseguiría perdonar al asesino de Catherine. Una tarde lo mencioné en clase, y un compañero de clase parroquial me sugirió que le informara al asesino de mi intención. ¡Me indigné! No deseaba de ninguna manera comunicarme con él. Esto quedaba entre Dios y yo.   

Seguía sintiéndome alterada después de la clase. Pero manejando de camino a casa, oí decir una voz dentro de mí, “Debes perdonarlo, y hay que hacérselo saber!” La voz se hizo tan fuerte y convincente que no dormí aquella noche. A las cuatro de la mañana, me encontré pasándole a máquina una carta al asesino de Catherine. 

He aquí la carta, tal y como la escribí aquella noche: 

Querido Sr. Mickey,

Hace doce años, yo tuve una hija hermosa que se llamaba Catherine. Fue una joven de extraordinarios talentos e inteligencia. Fue esbelta y su piel irradiaba salud y vitalidad. El cabello naturalmente ondulado formaba un marco alrededor de sus ojos resplandecientes y de su cálida sonrisa radiante. Rebosaba amor y alegría. Criaba a dos chivas lecheras, su pastor alemán con una camada nueva de diez cachorros, y una yegua arábica. 

Dos meses después de cumplir los 19, Catherine dejó su ser corpóreo. Sé que Catherine está en un lugar mejor de los que pueden conocerse en la Tierra. No sabía eso cuando se murió Catherine. Sí sabía que se me había arrebatado mi preciosa hija y que a ella le habían despojado de la posibilidad de florecer como mujer y de realizar todo su potencial. Me resultó imposible comprender la forma violenta en que dejó la Tierra. Me dejó más triste de lo que puede creerse y pensé que ya nunca volvería a ser completamente feliz. 

Y de hecho la pérdida de Catherine se ha vuelto el punto de referencia para toda la familia. Todo acontecimiento familiar se inscribe dentro de un marco cronológico que lo concede un lugar anterior o posterior a la muerte de Catherine. Yo estaba muy molesta con Ud. y quería verlo castigado al grado máximo permitido por la ley. Nos había hecho un daño irreparable a mi familia y a mis futuros sueños.

Hace cuatro años puse en marcha el camino de mi vida. Conocí a profesores maravillosos y empecé lentamente a descubrir el Dios en mí. En medio de esto, me tomó de sorpresa que yo tuviera la capacidad de perdonarlo a Ud. Con esto no quiero decir que creo que sea Ud. inocente o sin culpa por lo que sucedió. 

Lo que aprendí es: Ud. es hijo divino de Dios. Lleva dentro de sí el Espíritu Santo. El amor de Dios lo rodea hasta al estar sentado en su celda. Sólo la bondad de Dios existe.

No espere de mí que sea defensora política o social en su nombre. La ley de la nación determinará su destino. No malgaste con miedos y remordimientos los últimos días que le queden a Ud. en la Tierra. La muerte como la conocemos es realmente un nuevo comenzar. 

Espero que esta carta ayude a Ud. a enfrentar su futuro. En el mundo sólo existe el amor y la bondad no obstante la manera en que ahora se le presenten las cosas. Estoy dispuesta a escribirle o a visitarlo si así lo desea. Les envío mis bendiciones a Ud. y a sus hijos. El Cristo que reside en mí le manda bendiciones al Cristo que reside en Ud. 

(Firmada) Gayle, Madre de Catherine

Todavía sigo sintiendo subir por la columna vertebral el cosquilleo que me produjo oír el clic del gozne del buzón al depositar ahí la carta. Con ese sonido, toda la ira, la furia, la sed de venganza desvanecieron así como así.

En su lugar, me llenó la más maravillosa sensación de paz y alegría. Supe en aquel instante sagrado, que no hacía falta que nadie se ejecutara para que yo me curase. 

No importaría si Douglas Mickey me contestara o no la carta; yo había recibido una respuesta más profunda. Me había sanado el simple acto de ofrecer perdón. No obstante, sí recibí una carta de respuesta.

Me dejó impresionada la gentileza y amabilidad de su autor. Douglas escribió palabras de agradecimiento. Expresó tristeza por el crimen, y añadió que sabía cuan vacías podían sonar tales palabras. Era obvio que él mismo se había ocupado durante años buscando respuestas. Siguió a decir, “Gayle, su carta me importó más de lo que yo se lo puedo transmitir. Sobrellevar la conciencia de haberle causado tanto dolor era un peso demasiado grande para mi corazón y mi alma. Su carta de perdón me libró de ese dolor. Saber que Ud. consiguió enfrentar la muerte de Catherine y encontrar nuevas fuentes de amor y sabiduría me dio una satisfacción exquisita y me liberó el espíritu de agonía. Con todo gusto, entregaría mi vida en este instante si de esa forma tuviera otro resultado aquella noche terrible.” Me di cuenta de que la misma noche que Catherine perdió su vida, también Douglas perdió su futuro.

Epílogo

Aba Gayle sí visitó el Penal de San Quintín-la primera vez que entrara en una cárcel o prisión. Le sorprendió que los hombres que esperaban para ser ejecutados eran normales de aspecto, no energúmenos. Douglas la saludó; “El espíritu de Cristo que reside en mí acepta con mucha gratitud, y le devuelve, las bendiciones de divina Sabiduría, Amor y caridad que nacen del espíritu de Cristo que reside en Ud.” Después de muchas visitas, Aba Gayle inició un pequeño ministerio en la prisión que consistía en visitar a Douglas y otros hombres y mujeres condenados a morir por sus delitos. Se hizo defensora social y política de esos prisioneros. Douglas ha estado asesorando sobre el perdón a los otros reclusos.  Los reporteros le preguntan a ella si alguno que esté en el Corredor de la Muerte habrá cometido un crimen tan horrendo que la haya dejado insensibilizada e incapaz de compasión. Ella dice, “No me ocupo de su crimen. Me ocupo del espíritu divino que reside en su interior. Ése es la realidad de su ser. Es la realidad que compartimos todos. Yo creo profundamente que el amor y la clemencia son las maneras de hacer de nuestro mundo un lugar más bondadoso y seguro. 

Puedes contactar a Aba Gayle en: the Catherine Blount Foundation, Box 4952, Santa Rosa, CA 95402 o por e-mail en: abagayle@pacbell.net; y www.catherineblountfdn.org.

 


Preguntas para la Discusión
  • ¿Por qué no lloró ni pidió ayuda Aba Gayle después de que fue muerta Catherine?
  • A Aba Gayle ¿le fue necesario conocer al asesino de su hija para perdonarlo?
  • Una vez que se conocieron Aba Gayle y Douglas ¿qué ocurrió?
  • ¿Ayuda el perdón más a quien se lo da o a quien se lo recibe? 
  • ¿En qué momento preciso se produjo el perdón total entre Aba Gayle y Douglas? ¿Qué sucedió entonces?
  • Habla de una ocasión en la cual alcanzaste a perdonar a alguien que te hizo algo. ¿Cómo lo sentiste? ¿Qué cosa concreta te hizo posible extenderle tu perdón?
  • Habla de una ocasión en la cual alguien te perdonó a ti. ¿Cómo lo sentiste? 
  • ¿Podrías perdonar como lo hizo Aba Gayle?
  • La primera reunión entre Aba Gayle y Douglas se volvió amistad a largo plazo. ¿Qué te parece de esto?
  • ¿Cómo le cambió a Douglas la vida el perdón de Aba Gayle? ¿Qué hizo él para ayudar a otros reclusos? 
  • El PREÁMBULO de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas): En tanto que el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana es el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo.
    El Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas): Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
  • El documento de derechos humanos anterior no se dirige directamente a la cuestión del perdón. Sin embargo, en los noticieros vemos gran violencia a diario. Con frecuencia la violencia es producto de generaciones de violencia y retaliaciones. Gente de ambos bandos acaba desprovista de muchos de los derechos descritos en el PREÁMBULO y los Artículos. En tu opinión, ¿cómo pudiera el perdón transformar estas historias inhumanas y reemplazarlas con un ‘espíritu de fraternidad’ mutuo? ¿Cómo pudieran personas de todas las tradiciones religiosas y todo patrimonio étnico aprender a perdonar? 
  • ¿Es necesario el perdón para que la gente ponga fin a muchas guerras de odio nacional o étnico? 
  • ¿Hacen falta más historias de proyectos para promover el perdonarse, tales como las que tuvieron sus orígenes en África?