Candelabros de Plata

Ubicado en Francia

De Víctor Hugo, extractos de Les Miserables

Adaptado de Michail Roshchin y John Coutts

Malika Saiyeva, age 19, white etching in black paint

Unknown ink

Victoria Kuznetsova, age 14 tempera

Unknown ink

En 1855, hacía casi 50 años que Francois Bienvenu Myriel había aceptado libremente la vida de asceta como el Obispo de Digne. Dormía poco pero profundamente. Comenzaba cada mañana con una hora de meditación, luego oficiaba misa antes de desayunar pan de centeno remojado en la leche de sus propias vacas. Hacía su trabajo, oficiaba los servicios, leía su Libro de Oraciones, mantenía el jardín y auxiliaba a los necesitados, enfermos y sufrientes. 

A eso del mediodía, si hacía buen tiempo, se acostumbraba a dar una vuelta y a visitar a la gente en sus cabañas. Se paseaba con un abrigo forrado de color morado. Sus medias, también de color morado, las llevaba metidas apresuradamente en unos zapatos toscos. Usaba un sombrero plano, del cual colgaban como borlas de cada esquina, tres bellotas doradas. 

Siempre que se acercaba, la vida y el calor lo acompañaban. Viejos y niños acudían a la puerta para darle la bienvenida—de la misma manera que recibirían los tibios rayos del sol. Él les daba su bendición y ellos, a cambio, le daban la suya. 

Si hubiera alguien necesitado, la gente señalaba el camino a la casa del Obispo. Él decía: “casa aseada a los pobres no les quita nada.” En la casa quedaban, sin embargo, seis cucharas de plata, seis tenedores y un cucharón. Al Obispo de Digne se le oyó declarar más de una vez, “no creo que pudiera jamás privarme de comer con plata.” Su fuente de plata venía acompañada de dos candelabros pesados, los cuales había heredado de una tía abuela. Cada uno tenía capacidad para dos velas de cera y normalmente se encontraban sobre la repisa del Obispo. 

En octubre, más o menos una hora antes de la puesta del sol, un viajero entró en Digne a pie. Los habitantes miraban con ansiedad desde sus ventanas. Era fuerte y muscular, en la flor de la vida. Su rostro quemado por el sol y empapado de sudor, permanecía a medias oculto por una gorra con pico de cuero. Su camisa de tosco calicó amarillo, ceñida con una pequeña áncora, le exhibía el pecho peludo. El pañuelo para el cuello lo llevaba retorcido como una soga. Los pantalones de sarga estaban gastados y deshilachados, y su andrajosa chaqueta gris estaba recosida en un codo con un retal verde. Llevaba, sin medias, zapatos calzados de hierro. Tenía en la mano un palo fuerte y nudoso y, en la espalda llevaba un morral nuevo, grande y cargado. 

Estaba fatigado y se acostó afuera en el banco de piedra en la Plaza de la Catedral. Salió una viejita de la iglesia y se le acercó con cautela en la oscuridad. Él le explicó que en cada puerta le habían dado de espaldas. Ella señaló la puerta del Obispo: “En ésa no,” dijo.   

A la llamada firme y recia en la puerta, replicó el Obispo, “Entre.” El hombre abrió la puerta de par en par, quedándose ahí parado, morral a la espalda y palo en mano. La Madame Magloire permanecía en pie temblando, con la boca del todo abierta. Mademoiselle Baptistine, despavorida, se levantó a medias, para volverse luego hacia su hermano sentado junto al hogar.   

El Obispo miró tranquilamente al hombre, el cual dijo con voz alta, “Mi nombre es Jean Valjean. Yo soy galeote. Hace 19 años que cumplo condena. Hace cuatro días me soltaron. Me puse en camino de Toulon para Pontarlier. Hoy he recorrido doce ligas. Cuando llegué a este pueblo, en cada puerta me dieron de espaldas. Fui a la prisión, pero el carcelero no me quiso dar ingreso. Fui para una perrera, pero me mordió el perro y me ahuyentó. Fui para el campo, pero no había ninguna estrella. Estaba seguro de que iba a llover porque no había ningún Dios que lo impidiera. Luego me vine para el pueblo para dormir a la entrada de alguna puerta. Una señora bondadosa me señaló esta casa. Estoy muy cansado y hambriento. Me permite la estadía? 

“Madame Magloire,” dijo el Obispo, “saque otro cuchillo y tenedor. Y haga la merced de tender unas sábanas en la cama del recoveco.” Madame Magloire salió del cuarto para cumplir con lo pedido. Luego el Obispo se volvió hacia el hombre. Siéntese y acomódese para entrar en calor, señor. Es casi hora de cenar. Se le preparará la cama mientras comamos.”

Se veía alelado, lleno de alegría; comenzó a titubear como un loco. “¿Es cierto esto? ¿De veras deja Ud. que me quede? Sabe que soy convicto, y ¿no me echa? Se dirige a mí con ‘señor’ y me trata con respeto. Su intención es de veras de permitir mi estadía. Puedo ver que Ud. es buena gente – pero sí tengo dinero, y puedo pagarle bien. Por favor, Sr. Dueño, ¿cómo se llama?  

“Soy sacerdote,” dijo el Obispo.

Madame Magloire regresó. Llevaba una cuchara y un tenedor de plata, los cuales colocó sobre la mesa. “Madame Magloire,” dijo el Obispo, “por favor déjelos lo más cerca del fuego posible.” Se volteó hacia su invitado y dijo, “El viento nocturno sopla fuerte en los Alpes, y Ud. señor, debe de tener frío.”

Cada vez que dijo señor con aquella voz grave y gentil, la cara del hombre se puso radiante. Darle a un condenado trato de señor es como darle un vaso de agua a un moribundo de sed.

“Esta lámpara da muy poca luz,” dijo el Obispo. Comprendió Madame Magloire – y se fue para recoger dos candelabros de la repisa en la recámara del Obispo. Los alumbró y los colocó sobre la mesa.  

“Monsieur le Cure,” dijo el viajero, “es usted de veras amable. No me detesta. Me recibe como amigo y alumbra sus finas candelas para mí, aunque le he contado de dónde procedo y qué pobre diablo que soy yo.”  

El Obispo, sentado a su lado, le tocó la mano. “No había por qué contarme quién es. Ésta es casa de Cristo, no la mía. Cuando alguien entra, la puerta no pide su nombre o si tiene algún problema. Es usted un ser sufriente, hambriento y sediento—así que es bienvenido. No me dé las gracias. No piense que sea yo él que te admita. Aquí sólo hay en su casa una persona: la que precisa albergue.”

Mientras tanto, Madame Magloire había traído la sopa, y de golpe se iluminó de placer la cara del Obispo, como de costumbre les pasa a las personas a las que les gusta entretener a los demás. Al finalizarse la cena, Monseigneur Bienvenu se despidió de su hermana, recogió uno de los candelabros de plata y le dio el otro a su huésped. “Permítame, señor, que le lleve a su alcoba,” dijo. El hombre lo siguió.

Para llegar al recoveco en la capilla privada, tenían que pasar por la recámara del Obispo, lo cual hicieron justo en el momento en que Madame Magloire guardaba la fuente de plata, como hacía todas las noches, en la alacena de la pared al pie de la cama. 

El hombre colocó el candelabro ramificado en una mesita. “Espero que duerma bien,” dijo el Obispo. “Mañana por la mañana, antes de ponerse en camino, nuestras vacas le suministrarán a usted un vaso de leche fresca.”

“Gracias, Monsieur L’Abbe,” dijo.

Jean Valjean se despertó justo al dar el reloj de la catedral las dos de la mañana. Había advertido los tenedores y cucharas y el gran cucharón de plata, y reparado con atención en la alacena. Recogió el candelabro, contuvo la respiración, y caminó quedamente hacia la puerta donde dormía el Obispo. Cuando llegó a la puerta, la encontró entreabierta— el Obispo no la había cerrado. Agudizó el oído, pero reinaba el silencio absoluto. Le dio un empujón a la puerta. Esperó un momento y le dio otro empujón más osado. Le faltaba aceite a la bisagra y el chirrido traspasó la oscuridad. Permaneció quieto, como una estatua, sin arriesgarse a moverse. Pasaron unos minutos, luego se dio el valor de mirar dentro de la recámara y darse cuenta de que no se había turbado nada.

Y luego, justo al quedarse parado Jean Valjean al pie de la cama, se fraccionó en dos una nube, y un rayo de luna arrojó luz sobre el rostro pálido del Obispo. Dormía tranquilo envuelto en una prenda de lana de color café, que le cubría los brazos hasta la muñeca, y la mano que tantos actos de bondad había hecho le colgaba a un lado de la cama. Un aspecto de bienestar le iluminaba la cara, con una sonrisa que parecía casi resplandecerse. Jean Valjean se quedó parado y del todo inmóvil, petrificado de miedo por la vista del viejo radiante. 

Jean Valjean paseó apresuradamente a lo largo de la cama. Fue directamente para la alacena y levantó su palanca a fin de partir la cerradura, pero todavía estaba la llave puesta. Abrió la alacena y empuñó la cesta con toda la plata. Atravesó el cuarto con prisa, agarró su palo, echó la plata en el morral, se lanzó hacia el jardín, se deshizo de la cesta, y brincó como un tigre sobre el muro.

La mañana siguiente al salir el sol, Madame Magloire llegó corriendo en un estado de pánico. “¡Señor! ¡Señor!” gritó. “¿Su Eminencia sabe dónde está la cesta de plata?” “Sí,” dijo el Obispo.

“¡Bendito sea Dios! No sabía yo lo que había pasado con ella.” Acababa de recoger la cesta en un parterre el Obispo. Se la entregó. “Pero si no hay nada adentro,” dijo. “¿Dónde está la fuente de plata?”

“Ah,” dijo el Obispo, “No tengo ni idea dónde está.”

“Santo Dios. Ha sido robado…¡por el hombre que vino anoche!”

El Obispo permaneció un rato callado. Luego levantó la mirada, la contempló con seriedad y dijo suavemente, “A propósito, ¿realmente a nosotros nos pertenecía aquella fuente de plata?” Enmudeció Madame Magloire. Tras otro momento de silencio, prosiguió él, “Madame Magloire, estaba mal hecho que yo retuviera esa plata, que obviamente pertenecía a los pobres. Y ¿quién era ese hombre? Sin lugar a duda era pobre de veras.” Unos minutos más tarde, cuando él y su hermana se levantaban del desayuno, sonó una llamada en la puerta. “Entre,” dijo el Obispo. Se abrió la puerta y tres gendarmes que tenían del collar a Jean Valjean aparecieron en el umbral. Un Cabo se le acercó al Obispo y le dio un saludo militar. “Mi Reverendo Obispo,” dijo.

Jean Valjean parecía completamente abatido. “¿Mi Reverendo Obispo?” murmuró. “¿De manera que no es un cura local cualquiera?”

“¡Cállese!” dijo uno de los policías. “Este caballero es de hecho Mi Reverendo Obispo.” 

Mientras tanto, el Monseigneur Bienvenu se había aproximado lo más rápido que se lo permitía su edad avanzada. “Ah, ahí está usted!” dijo, mientras contemplaba a Jean Valjean. Me alegro de verlo. Los candelabros se los regalé también. También son de plata, y alcanzarán 200 francos. ¿Por qué no se los llevó con el resto de la plata?” Jean Valjean levantó la vista y al Obispo le dio una mirada que con palabras no se puede describir.

Mi Reverendo Obispo, dijo el Cabo, “¿es, a fin de cuentas, verdad lo que nos dijo el hombre?”

El Obispo interrumpió con una sonrisa, “Y les contaría que se había dado por un viejo cura que, por una noche, le había prestado una cama. Lo veo todo. Y por eso ustedes volvieron a traerlo acá. En eso, se han equivocado.”

Al soltarlo el policía, Jean Valjean retrocedió tambaleándose. “Amigo mío,” prosiguió el Obispo, “antes de irse, tiene que llevarse sus candelabros.” Fue a la repisa para recoger los dos candelabros, los cuales los dio a Jean Valjean. Al pobre le temblaba cada miembro. Aceptó los candelabros en un sopor. “Ahora vaya en paz,” dijo el Obispo. Luego se volteó hacia los policías y dijo, “caballeros, pueden despedírsenos.” Así lo hicieron.

El Obispo se acercó a Jean Valjean y en voz baja dijo, “Jamás se olvide de que me promete usar este dinero a fin de hacerse hombre honrado.” Jean Valjean enmudeció. En tono solemne, el Obispo agregó, “Jean Valjean, hermano mío, usted de la maldad ya no depende; ahora pertenece al mundo de la bondad. Le he rescatado el alma. La libré de los negros pensamientos y el espíritu de la destrucción. La dejo en manos de Dios.”