Anna y la Gallina Moteada 

De Ruth Hunt Gefvert

Anzor Elmurzayev ink and pencil
Mailika Saiyeva, age 19
Nastasya Gagarinskaya, age 14 ink and watercolor

En Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, escaseaban los alimentos, de modo que la gente andaba hambrienta y malnutrida, en especial los niños. Para procurar comida, Anna hacía un viaje semanal al campo. Tenía su bicicleta pero estaba demasiado fatigada para ir montada en ella, así que caminaba con lentitud, empujándola. Hasta eso le daba pálpitos. Estos días se sentía cansada todo el tiempo. 

Estaba desanimada también. Ni parecía que a los granjeros les quedaran verduras. Aparte de unas remolachas que un hombre le había regalado, nadie tenía de qué darle ni venderle.   

De repente, Anna sabía que ya no podía seguir. Debía detenerse a descansar. Echó su bicicleta de costado asegurándose de que las remolachas no se cayeran de la cesta. Luego se acostó en el fresco zacate. 

Soñó con alimentos. Últimamente todos sus sueños giraban en torno a la comida. Esta vez soñó con zanahorias del color de oro inmersas en crema y mantequilla y tan calientes que despedían vapor. Su madre le había hablado de ellas. En sus sueños casi podía tasar la exquisitez de su sabor. 

Luego en su sueño aparecieron los tomates: bellos tomates, rojos y jugosos. Había un montón de ellos pero justo en el momento en que Anna se disponía a comer uno, desvanecieron. Se despertó sobresaltada, dio una vuelta y se sentó. Ahí mismo, mirándole a los ojos, había una gallina moteada. Se miraron—Anna y la gallina. De repente, Anna se percató de que la gallina hablaba. Por lo menos cloqueaba y hacía la clase de conversación a la que se acostumbraban las gallinas moteadas. “¿Por qué te me quedas mirando, zonzita,” preguntó Anna. “Y haciendo toda esa bulla que me despertaba,” le recriminó.  

“Clo-clo-o-o” dijo la gallina, sobresaltada por la voz de Anna que sonaba molesta y se echó atrás.

¡Ese fue el momento en que Anna vio el huevo! Lo recogió con cuidado, todavía tibio. 

“¡Oh sos linda vos; linda gallina!” exclamó. “Siento haberme portado grosero con vos. ¡Gracias por este huevo hermoso!” Pero la gallina moteada se había ido. Anna se quedaba con el huevo a solas. Se sentía mejor y más descansada ahora. Debía apurarse para volver a casa y darle el huevo a su madre. ¡Acaso podían consumir una muy pequeña tortilla!  

Anna se quitó la bufanda que llevaba en la cabeza. Envolvió el huevo con cuidado en ella y, con ternura, colocó la envoltura en la cesta con la remolacha. Luego de montarse en la bicicleta, se puso en camino. Pero se le ocurrió algo triste. El huevo no era, al fin y al cabo, suyo. Pertenecía al dueño de la gallina moteada. Anna pedaleaba cada vez más despacio.  

“¡No!” se dijo con furia. El huevo es mío. “La gallina lo puso justo al lado de mí cuando yo dormía.” Anna seguía subiendo el camino. “De todos modos, no sé a quién le pertenece la gallina moteada. Y aunque lo supiera, jamás sabría él o ella que yo lo tuviera.” 

Una casita blanca se situaba cerca del camino. “No se nota nada; tengo el huevo completamente tapado,” se discutía Anna consigo misma. Comenzó a pedalear con más premura.

Pero su bicicleta parecía aletargarse. Y al aproximarse a la casita pequeña, era como si no le sirviesen ya las piernas. Se desmontó muy lentamente y subió hasta la casa.

“¿Sí?” inquirió una mujer joven en la puerta.

Con poquísimas ganas, y en trance de perder con celeridad la esperanza de la pequeña tortilla, lo único que Anna acertó a balbucear era: “¿Es…Ud…dueña…de una…de una gallina moteada?” 

“Pues sí,” dijo la joven mujer, “tenemos una.” Con cuidado y mucha languidez, Anna destapó la bufanda que llevaba el huevo y se lo entregó a la mujer.

“Luego esto también le pertenece,” dijo con débil voz.

“Oh, gracias,” dijo la mujer. “Esa gallina siempre anda divagando y poniendo sus huevos en los lugares más desacostumbrados. Es la última de nuestras gallinas y nos hacen falta los huevos para nuestro niño pequeño que sufre de una grave enfermedad, vea.” 

Anna empezó a ponerse en marcha. La mujer joven se veía preocupada. “Ud. ha sido tan amable,” dijo. Ojalá tuviera algo que darle para la cesta. Pero es que hay tan poco. Yo es que…a mí no me queda nada que dar.”

“Está bien,” dijo Anna volviendo a montar la bicicleta. Estaba ya ansiosa por dejar atrás la casita blanca, la gallina moteada y el huevo maravilloso.  

Cuando llegó a casa, Anna le contó a su madre lo que había pasado. Le daba miedo que su madre le regañara por llegar tarde o por traer sólo a casa unas remolachas. Hasta podía quedarse molesta porque Anna no había guardado el huevo. 

Pero su madre sólo le acariciaba el pelo, le miraba durante un buen rato y sonreía.

“¿Luego no está enojada conmigo, madre? No me cree Ud. demasiado jovencita para ir al campo y regatear verduras?”

“No, Anna,” dijo su madre. “Sólo ando pensando qué hija tan  admirable tengo. Cuando una lo pasa todo el tiempo con tanta hambre, sólo habría podido tomar una decisión tan difícil como la del huevo alguien verdaderamente adulta.”

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